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CRÍTICA DE ARTE - El Comercio

PEDRO PESCHIERA

“…A pesar de mi realidad y de mis cuestiones abstractas, quisiera que todo esté muy anclado en los sentidos, porque me gustaría hablar a, y con los sentidos. Ésa es mi intención. Creo que mis motivos son esqueletos para otras cosas, para una relación sensorial y sensual, ambas, con la tela. El contenido es también la pintura misma…” (tomado de la entrevista al artista realizada por Jeremías Gamboa).

Palabras que resumen con precision y nitidez el propósito de Pedro Peschiera. Al concebir y materializar sus pinturas, hoy expuestas en la galería Lucía de la Puente, en lo que quizás sea el punto más alto de la temporada en este espacio.

Peschiera es un artista inclasificable dentro de las categorizaciones ortodoxas.

Alejado de cualquier exigencia canónica en lo estilístico, sin embargo, es un estricto cultor de la academia antigua en la técnica y un devoto observador de ella en cuanto puesta al servicio de una construcción de la imagen ligada a sus posibilidades. Pintura enigmática, fascinante, desligada de toda narrativa, en ella no se puede hablar de ‘tema’ en su significado tradicional, o de protagonismo revelador o exaltador de simbolismos obvios. Y sin embargo, la propuesta incluye también, estas posibilidades.

En su tercera exposición en el Perú, Peschiera reitera la continuidad y persistencia de sus preocupaciones plásticas, alimentadas por reflexiones filosóficas, metafísicas y estéticas, por su interés en lo literario e histórico y su vocación de búsqueda y conocimiento.

Estas instancias reunidas, que podrían derivar en el desconcierto o la producción caótica, en su caso han triunfado sobre el peligro y, a través de un autoimpuesto orden, disciplinado y riguroso, aparecen en una pintura donde el quehacer es tan importante como el resultado. La convicción en las posibilidades de ‘la pintura’, en el constante perfeccionamiento de los usos materiales, convertida en acción vital primordial, han llevado al artista a un terco y consistente trabajo, para conseguir esa sensación de inmaterialidad que atrape y permita fusionar las sensaciones propias en el acto mismo de de su enfrentamiento.

Aquí podría encontrarse una aparente contradicción. La que habla de la intención espiritual enfrentando la entrega a una sensorialidad, y hasta sensualidad abierta. Al modo de los grandes místicos – otro de los intereses que en su momento cautivaron al autor – ambas instancias crecen al coincidir y complementarse. Como ocurre con estas pinturas de apariencia lejana

Materia fundamental para estos logros es el color. Concebido como ente autónomo, su empleo y presencia aparecen como entidad autosuficiente y dominante, gracias al disimulo de la pincelada y la ausencia del rastro gestual.

Y por ultimo, lo simbólico no puede apartarse del sentido general. Muros (“Mantos”), cuencos y pozos, campanas, barcas. El detente que no deja pasar, lo que contiene y guarda, la referencia a lo femenino y arcano, son algunas de las lecturas posibles.

Notables son las obras donde la palabra escrita, impresa, deviene en imagen armónica, perdiendo y ganando como elemento estrictamente visual, volviendo a la palabra, imagen antes que oralidad. La serie de grabados ratifica esta dualidad enriquecedora.

Obra exigente, desfiante sin precisarlo y cautivante en su oferta.

Élida Román
El Comercio, 19 de noviembre de 2006

   
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