Magnífica
insondabilidad
La escuela de Arte de París en 1975 todavía
vivía las secuelas del Mayo del ’68 ; estaba absolutamente
politizada.
El que no era maoísta, era anarquista. La conmoción llegó
al extremo y terminó por ser cerrada. Pedro quería estudiar
en un país de lengua francesa, entonces pensó en Suiza,
pero más precisamente en Ginebra, ya que esta cuidad, aunque
en esa época era un poco provinciana, tenía sin embargo
una excelente escuela de arte. A Pedro lo que más le interesaba
en esa época era el aprendizaje de la mayor cantidad de técnicas
pictóricas, ya que buscaba un abanico de posibilidades creativas,
y pretendía llegar a tener un conocimiento y dominio profundo
de ellas. Veinte años depués, Pedro Peschiera impresiona
gratamente al ambiente artístico limeño en la galería
de la Municipalidad de Miraflores con una importante muestra de pinturas
y grabados.
Pedro utiliza una técnica antiquísima
que aprendió de un viejo maestro ya fallecido. Se trata de la
témpera al huevo, que se prepara artesanalmente. Esta técnica,
al secar rápidamente, le permite hacer infinidad de veladuras
y aguadas, lo que le otorga la verdadera riqueza a sus trabajos.
Cada obra de Pedro demora aproximadamente de cuatro a cinco meses en
ser concluída, aunque aparentemente no le preocupa tener una
escala de producción rara, pues nos dice que no está obsesionado
con las quimeras del mercado.
Se confiesa un apasionado del arte medieval, sobretodo del románico,
el gótico y por supuesto el renacentista. Cuando llegó
a Europa lo que más le impresionó fue la arquitectura
de los monasterios románicos, sobre todo el arte cisterciense.
Su ascetismo y simplicidad lo impulsaron a buscar convertir esa arquitectura
en pintura, aunque no sabía bien cómo hacerlo. Poco a
poco fue alejándose del arte románico, de manera que adoptó
una visión y un lenguaje plástico muy personales, como
podemos notar en sus mantos y sus insólitas concavidades.
Pedro agrupa su obra en familias o registros ; los
mantos, los pozos, hoyos, concas, mesas, cada una de ellas amplía
el vocabulario pictórico del artista. El concepto de ausencia
en su obra no pretende plantear un vacío sino más bien
una plenitud, como metáfora de la aspiración de un deseo.
La lejanía mantiene ese deseo, ese motor de lo que sea : de éxito,
de dinero, del cuerpo de una mujer… Es lo que nos mantiene en
posición apelante como frente a un manto sagrado.
Sus mesas son más arquetipos platónicos que referencias
a la realidad, un lugar donde se puede compartir algo ; pero en este
caso hay ausencia, que posee además principios arquitectónicos
y místicos como en los monumentales dólmenes.
Entre sus inanimadas familias, las concas (antigua palabra española
que remite a la concavidad) son las únicas de origen animal y
son vistas como receptáculos y como metáfora del origen,
en en confrontación con los hoyos, de los cuales, por desgracia,
sólo tiene grabados en su actual exposición. Las fuentes,
que son al mismo tiempo origen y sepulcro, principio y fin, ocultamiento
y demostración, cobran sentido en oposición a los monumentales
y panteónicos mantos.
En sus grabados, en los cuales mezcla varios idiomas
con la imagen, logra expresar su temática de manera mucho más
explícita al utilizar también el nivel textual. En el
caso de las serigrfías, que son los grabados de mayor formato,
coloca en orden alfabético las palabras en francés, inglés
y español, logrando analogías, extrapolaciones y sinónimos
de las palabras relacionadas, de la interesante noción de recipiente/receptáculo
; van desde océano hasta fosa nasal, desde cañón
de un arma de fuego hasta Cañón del Colorado, internándose
en la noción del microcosmos-macrocosmos. Por ejemplo, una cuchara
podría convertirse en un cántaro, un estanque, una laguna,
un mar, un océano ; al mismo tiempo mezclados con adverbios como
profundidad o insondabilidad, como un misterio que cada vez se aleja
más, lo que en suma nos hace tender hacia algo, y no necesariamente
lo que nos satisface.
Sus cuadros son como urnas fuera del mundo, se separan como una alternativa
a éste. Dentro de ellos hay otras urnas, los objetos que generan
tensiones al acercarse de manera apretada al formato. Una urna, dentro
de otra urna, dentro de otra, donde nunca se llega a la verdadera. Abismo
infinito, nunca se llega al último sentido ; éste siempre
está por encontrarse.
Rodrigo Quijandría
El Sol, octubre 21, 1998