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ARTES Y ENSARTES – Caretas

El Resplandor

Pedro Peschiera tiene en Lucía de la Puente una exposición que constituye una verdadera lección de arte para aquellos no iniciados y que aspiren a saber qué es en realidad la pintura

En la obra de Peschiera la imagen tiende a volverse un simple pretexto para concentrar la mirada, y quizás para estimular la imaginación. Ocurre que a estas arquitecturas, de apariencias medievales, bastaría el ejercicio visual de eliminar la parte inferior y superior para que todo sea una abstracción, con infinita variedad de puntos de color y líneas que se encargan de marcar un ritmo. Con los cuencos ocurre algo similar y las formas nunca llegan a opacar a la manera de hacer. Peschiera es excepcional: Es un pintor poco prolífico en actividades públicas y sin embargo ha creado un culto, como puede serlo el de Zeppilli, Agois y Yaker, solo para mencionar a tres de los artistas que más admiro y de más dilatadas exposiciones.

Lucía de la Puente le ha otorgado acertadamente los dos pisos. En el primero está lo manual, el imperio de la factura con la pincelada minuciosamente afiebrada y la infinita variedad de gamas de color que él superpone en cuadro de apariencias monocromáticas. El ejemplo más notorio es el cuadro blanco construido con diminutas señas de color que le permiten la construcción de una forma elemental.

Pudiera ser que en los dibujos del ingreso, despojados de todo color, se puedan apreciar mejor estas virtudes. En ellos los formatos minúsculos obligan al espectador a escrutar el trazo meticuloso. Además la altura en la cual han sido ubicados obligan al espectador a inclinarse para una correcta apreciación, relacionando la contemplación artística con una actitud mística. Algo similar ocurre en el espacio donde están las pequeñas arquitecturas.

Enclaustrados en esta sala, vemos a través de una pequeña ventana lo que en la sala grande apreciábamos en toda su amplitud, en un enfrentamiento entre nuestro cuerpo y el cuerpo pictórico. Estos cuadros, con sus infinitas posibilidades de combinación de color, pudieran remitirnos a las interrelaciones cromáticas posibles de lograr a través de dispositivos digitales a pesar del anclaje de su obra en lo mejor de la tradición occidental.

En el segundo piso están las serigrafías de círculos y espirales, hechas a partir de la impresora de un computador, en las cuales los matices dependen de las tipografías que crean multiples modulaciones de grises. Y en medio del recorrido un cuadro clave podría resumir toda la propuesta. Es un cuadrado negro sobre un cuadrado blanco que constituye toda una vuelta de tuerca a la historia del arte. Esa espiritualidad tan íntima que Peschiera muestra, de pronto se contrapone a la ineludible referencia a Malevich y a ese suprematismo que de manera tan distante y no tan distinta une a los dos artistas.

El antológico catálogo, con notable texto de Jeremías Gamboa, se inicia con la cita “…the thing shines, not the maker…”. No estoy de acuerdo. En esta muestra “the maker also shines”.

Luis Lama

   
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