Concepto y misticismo en una pintura de gran calidad
Luego de un breve paso por la Escuela de Artes Plásticas
de la PUC, Pedro Peschiera, oriundo del Perú, se estableció
en 1975 en Ginebra (Suiza), realizando estudios de pintura, historia
del arte y literatura inglesa y fijando una residencia que se prolonga
hasta hoy. Es en esta fascinante ciudad donde ha desarrollado su trabajo
artístico, signado por una evidente presencia del ámbito
gótico, medieval, cargado de reflexión y experiencia mística,
austero y contenido a la vez que habitado de extraña fuerza.
La exposición que acaba de realizar en la Sala Luis Miró
Quesada de la Municipalidad de Miraflores, reúne - en su primera
presentación en el Perú – pinturas y grabados en
un conjunto ante el cual asombro y deslumbramiento van de la mano. Artista
profundo, silencioso, meticuloso en el tratamiento, extremadamente exigente
en la economía y claridad de su concepto, la obra de Peschiera
alcanza una excelencia poco acostumbrada.
Todas las pinturas - realizadas, con excepción de un acrílico,
en la antigua y exigente técnica de la témpera al huevo
– presentan un elemento o forma protagónico, apenas contenido
en la dimensión del cuadro, no invasor pero sí con vocación
de omnipresencia, expresado en formas conceptuales, genéricas,
desposeídas de detalle, adorno o adjetivo, monocromas, apenas
limitado su color a sutilezas de tonalidad o breves desvíos de
la gama, nunca contrastadas o bruscas, asimiladas a una geometría
sencilla y eficaz que, al mismo tiempo, propicia en muchos casos ambiguedad
de reconocimiento (manto-muro, pozo-féretro), en otros suspensión
de juicio inmediato o análisis de función (concha-médano,
mesa-banco, muralla-iglesia).
Si esta aparente sencillez es de tal austeridad, de tal economía
y de tal brevedad en el enunciado, cuál es su peculiaridad ?
dónde reside esa extraña atmósfera que nos lleva
en el tiempo ? porqué sentimos ese dominio de las formas imponentes,
que en realidad no lo son pues no existe exceso alguno en ellas ? qué
nos hace presentir con certeza la entrega de su autor ? Extraño
acertijo que propone la calidad innegable de esta estupenda pintura.
Pintura que no sólo habla de un discurso sobre el hombre, la
vida, la muerte, la paz, el silencio y el desasosiego, sino que invita
a participar de ese posible trance, casi mágico, que supone el
refugio en la meditación profunda, a la contemplación
extasiada que busca lo cósmico en lo terreno.
Ante esta verdadera poesía visual, recordamos la mística
rilkeana : « Sólo quien alzó su lira / también
entre las sombras, / puede intuir y revelar / la alabanza infinita.
/ Sólo quien comió con los muertos / su propia adormidera
/ no returná a perder jamás / el más leve sonido.
/ Y aunque a menudo en el estanque / se nos hunde el reflejo : / conoce
tú la imagen. / Sólo en el doble reino / se returnán
las voces / eternas y suaves. »
Idea de la metamorfosis en que vida y muerte se mezclan, sentido oculto
del paso de una forma a otra, como en los sarcófagos que devienen
fuentes en esta pintura tan especial. En la obra gráfica, Peschiera
sostiene este concepto enriqueciéndolo, complejizandolo, con
un juego semántico apoyado en la palabra escrita. Palabras tomadas
de varios idiomas, impresas con la misma tipografía y sólo
destacadas, mediante un entintado más fuerte, en cuanto entes
formales constitutivos de imágenes precisas (silueta de casa,
de pozo, etc.), donde el dentro-fuera es en algunos casos sostenido
también por el significado estricto (p.e. waste-worth), en otros
conformado por una seriación encadenada de conceptos.
.
Planteo agudo e inteligente, que traduce su pretención ecuménica
mediante la utilizació de una escritura políglota y, otra
vez, la presencia de imágenes sintéticas y genéricas
Pedro Peschiera se revela así, como uno de los artistas más
interesantes y completos que hayamos visto en el transcurso del año,
dueño de una sólida madurez en el planteo y una impecable
factura en la técnica.
Elida Román
El Comercio, 15 de noviembre de 1998