Peschiera y el objeto único
Pedro Peschiera puede sorprender a muchos con su
obra. Sus temores ante las reacciones del público son entendibles.
Cómo se puede responder ante esas pinturas en que todo parece
circunscribirse a la sóla presencia de un objeto exento de adornos,
simple en su construcción, imponente al extremo de ser apenas
contenido por los límites del cuadro. Ese objeto – sea
un manto arquitectónico, una concha, un pozo ; motivos de sus
series – es, sobre la tela, la cifra de todo un mundo, con su
espacio y sus tiempos, el contenedor absoluto del sentido (Peschiera
es consciente de que lo ideal, para acentuar aquello, hubiera sido presentar
un cuadro en cada pared de la sala, o mejor aún : un único
cuadro en toda la galería).
Es difícil preveer las lecturas del público que se enfrente
a ese objeto elevado de categoría gracias a la estrechez de los
márgenes que lo circundan. La percepción de l cuadro para
los espectadores, su digestión, se va a depositar en la lectura
de ese objeto aislado. Lectura de sus reminiscencias plásticas
(la arquitectura románica, la pintura gótica), de sus
sugerentes datos escondidos ( cada pozo guarda ese vacío cuya
profundidad acaso infinita nos es vedada ; los mantos ocultan una geografía
total), pero sobretodo de sus sentidos simbólicos (por ejemplo,
la interpolación entre fertilidad y muerte alumbrada por esos
pozos que parecen tumbas y por aquellas conchas de las que podría
haber nacido la Venus de Botticelli).
Peschiera ha llegado a esa simplificación en su intento de atrapar
principios generales. El cuadro « Sin título » (el
único que no pertenece a una serie determinada) es, de algún
modo, el germen de esa conclusión : allí, en una generosa
arquitectura, se hayan los elementos que luego Peschiera encararía
hasta convertirlos en quellos objetos –mundo a los que nos hemos
enfrentado. Se nota la sombra de De Chirico ; esa geografía desértica
denuncia ya cierto desencanto del artista ante la empresa que se propuso
– el sentido absoluto – y nos muestra, además, una
compleja celebración de esa soledad tan elocuentemente encarnada
sobre el lienzo.
Jeremías Gamboa
El Comercio, Visto y Bueno, octubre, 1998